‘La educación prohibida’: un libelo contra la escuela pública

Por Hugo M. Castellano © 30 Agosto, 2012

A primera vista, la propuesta de “La educación prohibida” es presentar soluciones alternativas para remediar los males del modelo educativo basado en la instrucción sistemática, universal y obligatoria que llevan adelante todas las naciones del planeta. ¡Menuda tarea! Pero ya desde las primeras escenas puede advertirse que la representación que se hace de ese modelo es absolutamente sesgada y se apoya en estereotipos de una estrechez rayana con el ridículo.

Los profesores son invariablemente autoritarios, agresivos e insultantes; todos los alumnos se aburren soberanamente y da lo mismo que sean varones o mujeres, grandes o pequeños: la escuela siempre está en su contra. Ya el primero de una larguísima lista de entrevistados descerraja un lapidario “después de 12 años en la escuela no aprenden a leer comprensivamente, ni las operaciones matemáticas”.

Durante casi dos horas y media, lo que se presenta en los papeles como una obra “documental” prueba ser un libelo destinado a agredir a millones de educadores sin darles el más mínimo derecho a réplica, sin abrir al menos un resquicio para que alguna voz exprese una que otra objeción hacia lo que se muestra y se dice.

La tesis del film es que la escuela no sirve para nada, que destruye la creatividad, mata la curiosidad, instruye sobre asuntos irrelevantes, y somete a los niños y a los jóvenes a las peores torturas intelectuales y morales. Y no es que esas cosas no sucedan. El problema es que “La educación prohibida” da a entender que así son todas las escuelas, sin el más mínimo matiz, por medio de una deshilvanada historia de alumnos y profesores plagada de exageraciones, ingenuidades y generalizaciones, amén de pésimamente actuada.

El film incluye una síntesis histórica que sólo expone el costado favorable a esa tesis: en Atenas no había escuelas, la educación en Esparta estaba basada en la crueldad y el sufrimiento, el Despotismo Ilustrado creó un sistema opresivo y clasista, la escuela prusiana condujo al nazismo, y la Revolución Industrial aplicó el taylorismo a la instrucción pública.  No hay una sola mención a Comenio, a Locke ni a Rousseau. Para los guionistas de este panfleto pseudolibertario no existió un Thomas Paine combatiendo el absolutismo y su educación doctrinaria; ni un Horace Mann, para quien un gobierno republicano sin medios dirigidos a la educación universal era “el más crudo y absurdo experimento jamás intentado por el hombre”. Nada se nos dice de un Gabino Barreda, un Giner de los Ríos o un Bertrand Russell, defensores incansables de la libertad de cátedra y declarados enemigos de la introducción en las escuelas de dogmas religiosos, políticos o morales. Y mucho menos se dice, por supuesto, de los millones y millones de educadores que abnegadamente dan servicio cotidiano a sus alumnos y a su comunidad.

Si es falaz presentar un solo lado de la moneda, más aún lo es juzgar el pasado con los parámetros del presente, y mucho peor todavía mentir descaradamente afirmando que la escuela de hoy es igual -o siquiera parecida- a la del Despotismo Ilustrado o la Revolución Industrial, cuando hace décadas que se la critica por haber perdido la mayor parte de los contenidos que le dieron fama de “enciclopédica”, por ser demasiado tolerante y permisiva, y por su bajo nivel de exigencia académica.

Una larga lista de entrevistados, compuesta mayormente por ignotos docentes, responsables de proyectos educativos experimentales y opinadores variopintos, aburre con la reiteración de conceptos y experiencias a lo largo de la película. Tras una rápida investigación de sus antecedentes, muchos de ellos aparecen asociados con la astrología, el esoterismo y otras prácticas pseudocientíficas.

Un grupo importante de entrevistados proviene de varias escuelas Waldorf, inspiradas por Rudolph Steiner, autoproclamado poseedor de “habilidades paranormales” y promotor de la filosofía “antroposófica” cuyos preceptos -que sus seguidores deben aceptar incondicionalmente- decía recibir a través de revelaciones místicas.

Otra porción está compuesta por practicantes de la “logosofía”, que propone la “evolución consciente” del hombre en cursos donde, curiosamente, los estudiantes se dividen según sexo y nivel de aprendizaje (justo como en la escuela prusiana), y que bajo la apariencia de un recorrido hacia la libre autorealización propone un trayecto que “implica una dirección definida e inmodificable, en cuyos tramos se cumple gradual e ininterrumpidamente la realización simultánea de los conocimientos que posibilitan su extenso recorrido. Dicha realización abarca el conocimiento de sí mismo y de los semejantes; el del mundo mental, metafísico o trascendente; el de las leyes universales, aunándose con ella el avance gradual y supremo del hombre hacia las alturas metafísicas que custodian el Gran Misterio de la Creación y el Creador”, todo lo cual deja muy poco espacio para el pensamiento crítico, como puede verse.

Incidentalmente, es una pena que el film muestre a las escuelas Montessori en un mismo plano con modelos de tanta angostura pedagógica.

Que nuestros sistemas educativos están plagados de defectos es indudable, así como que es perentorio adecuarlos a los tiempos que corren con una reforma sustancial. “La educación prohibida” toma este noble objetivo y lo bastardea con sus malintencionados estereotipos, con argumentos falaces; con testimonios faltos de autoridad académica, profesional, e incluso ética; con propuestas pseudo y anticientíficas, experimentos insignificantes, superchería, dogmatismo y apelaciones melodramáticas al amor, la paz, el respeto por la diversidad y otros ideales superiores, sugiriendo que nada de eso existe en nuestras escuelas y presumiendo que con su sola activación se resolverían todos los problemas.

En resumen, tras machacar con sus clichés durante más de ciento cuarenta minutos, “La educación prohibida” concluye siendo una muestra insufrible de cómo se puede dañar a la educación, bajo el pretexto de mejorarla.