Media verdad, ¿mentira entera?

Por Hugo M. Castellano © 8 Octubre, 2014

Martín Varsasky, en un reportaje concedido a El País, de España, afirma provenir “de una familia de izquierdas que tenía una actitud muy ambivalente hacia los emprendedores y los empresarios”. Se nota que resolvió prontamente esa ambivalencia, ya que hoy en día se lo conoce como un exitoso emprendedor y empresario, un “business angel” con siete millonarias empresas en su historial y una más que importante fortuna personal.

Varsasky se define como “un tecnoentusiasta en los ochenta” que devino en “un tecnoescéptico en los dos mil,  para volver a ser un tecnoentusiasta en los últimos siete años”. Es muy curiosa esa cronología, porque fue justamente en 2000 (la que por propia admisión vendría a ser su etapa tecnoescéptica) cuando donó 11.282.855 dólares al gobierno de Fernando de la Rúa (esto es, un dólar por cada alumno del sistema educativo argentino de entonces), con el propósito de introducir Internet en cada escuela.

Dicho esto, Varsasky se queja ahora porque aquel dinero fue dilapidado por el corrupto sistema político argentino. Le asiste una parte de la razón, pero sin menoscabo de la proverbial deshonestidad de los burócratas locales hace falta contar la historia que Varsasky calla sobre su aventura del milenio.

Aquellos 11 millones de dólares dieron nacimiento a Educ.ar, una “empresa del Estado” cuyo propósito manifiesto fue crear un portal educativo con contenidos pedagógicos para alimentar una gigantesca red informática que habría de llegar a todos los confines de la República a través de Internet. No dice Varsasky que para que su proyecto resultara exitoso había que conectar al país entero a la Web y equipar con computadoras a no menos de 50 mil escuelas. Dicho de otro modo, para que sus 11 millones rindieran el efecto deseado, el erario público tendría que invertir -como mínimo- 500 millones adicionales, según calculó a las apuradas un funcionario de segunda línea del Ministerio de Educación durante una reunión en el exclusivo Alvear Palace Hotel de Buenos Aires, el día que se presentó el proyecto a los gerentes de las principales empresas y portales educativos de la Argentina .

Tampoco dice nada Varsasky sobre la composición del directorio de aquella primera versión de Educ.ar, presidido (¡!) por el hijo menor del entonces presidente de la Rúa, un jovencito amateur de las nuevas tecnologías y profundamente ignorante de todo lo educativo, nombrado “a dedo” y acompañado por “personalidades” que en casi todos los casos eran invariablemente deficientes en una mitad de la fórmula: sabían de educación pero no de tecnología, o viceversa, o que directamente no sabían nada de ambas, o cuya única credencial era algún parentesco con la familia del primer mandatario.

No comenta Varsasky sobre sus ingenuas pretensiones de implantación tecnológica en las escuelas, manifestadas por caso en su aspiración de que todos los alumnos se conectaran cada mañana a Internet para leer el correo electrónico desde el colegio (donde, a cifras de la época, había en los más favorecidos 10 ordenadores cada 700 alumos), ni confiesa que esperaba solventar los gastos extraordinarios de su proyecto exponiendo a los estudiantes a publicidad comercial privada, una práctica que desde hace décadas es ampliamente rechazada por los sistemas educativos de las principales naciones del planeta.

Es cierto que el espacio que El País dedica al asunto argentino es breve, pero hubiera sido cuando menos sincero que Varsasky explicara suscintamente por qué aceptó que personas tan inexpertas dirigiesen su proyecto, por qué no auditó el modo en que su dinero estaba siendo gastado, y cómo fue que no defendió su idea original –por más infantil o irrealizable que fuera- de las sucias maniobras políticas que la pervirtieron.

¿Estaba Varsasky detrás de las propuestas que sus abogados e intermediarios hacían a los directivos de las empresas educativas de Internet que podían competir con su proyecto? ¿Estaban inspirados en su “filosofía emprendedora” los contratos que les proponía a los portales educativos argentinos de aquel entonces, silenciándolos con cláusulas de estricta confidencialidad para que cedieran  a Educ.ar sus principales contenidos a cambio de nada y amenazándolos con que “trabajan para nosotros o los borramos del mapa”?  Nunca lo sabremos, pero no deja de ser curioso el “socialismo” de Varsasky, al que podríamos adjetivar de “salvaje” por analogía con aquella forma de capitalismo que arrasaba en los noventa.

En otro orden de cosas, es inconcebible que un “emprendedor exitoso” como Varsasky no haya advertido que los funcionarios del área educativa y las telecomunicaciones le mentían descaradamente, como por ejemplo cuando declaraban estar capacitando a cientos de miles de docentes en el uso de las nuevas tecnologías.  Cuando invitó a Bill Clinton a un “fund raising event” en Buenos Aires y le oyó decir “uds. lo han hecho mejor que nosotros: capacitaron primero a los docentes antes de introducir la tecnología”, ¿No sabía que la mentada capacitación era inexistente, y que la tecnología ni siquiera había comenzado a ser “introducida”? ¿Es posible que ignorase en aquel momento lo que todo el mundillo educativo de la Argentina tenía por obvio y evidente? ¿No escuchaba las risitas a sus espaldas?

La intervención de Varsasky en el proyecto Educ.ar feneció con el default argentino de 2001, y el capital que el inefable ministro de Economía Domingo Cavallo había convertido en papeles financieros se escurrió como arena entre los dedos, sin contar con lo que fue despilfarrado en nepotismo e ineficiencia.

Trascartón, la administración de Eduardo Duhalde puso al frente de la empresa a un nuevo conjunto de ineptos y la congeló en el tiempo hasta que, en 2003, Néstor Kirchner se hizo cargo y su ministro Daniel Filmus nombró director a Alejandro Piscitelli, le otorgó un razonable presupuesto y dio paso a una etapa de modesto pero  interesante crecimiento.  Pero no todo fueron rosas: con el paso del tiempo Educ.ar se volvió un agente más de la propaganda “militante y revolucionaria” del kirchnerismo, una historia aparte que no es momento de relatar.

Al cabo, no se trata hoy de poner en tela de juicio las intenciones detrás de la millonaria donación de Martín Varsasky, ocultas, como es debido, en la intimidad de su conciencia. Sí de exponer la insufrible ignorancia del empresariado que blandiendo la presunta “llave que salvará a la educación pública” se empeña en aplicar soluciones mercantilistas a un medio que es devorador histórico de inversiones, rarezas e innovaciones, y de intentarlo sin atender a la mecánica escolar, la idiosincracia de los docentes o la corrupción de los políticos, los burócratas y los sindicalistas (corrupción que no siempre pasa por la deshonestidad y el latrocinio, sino que las más de las veces  es una corrupción de las ideas, una malversación de los principios, una profunda equivocación sobre los fines últimos de la educación, y una culposa desatención de los deberes y obligaciones de quienes deben servirla desde la función pública).

Eficiencia es la capacidad de obtener los recursos para alcanzar un fin, y eficacia es la capacidad de alcanzarlo. Estos conceptos, claramente afines a la filosofía emprendedora, no funcionaron en el caso de Varsasky, quien se rodeó con los peores recursos humanos y vio dilapidado su aporte monetario en vanas acciones y en prebendas, para finalmente no alcanzar ninguno de sus objetivos, salvo el de la exposición pública.

Al final de cuentas, la versión que Martín Varsasky brinda a El País de su periplo por la educación argentina contiene una dosis homeopática de razón y toneladas de ocultamiento sobre lo que verdaderamente sucedió en aquellos turbulentos años de la Argentina. Carece por completo de autocrítica, y revela a su protagonista como un verdadero argentino.

Para quienes fuimos testigos cercanos de aquella época, las medias verdades de Varsasky suenan a una gran mentira. De su parte, revelar con honestidad intelectual los entretelones de su fracaso quizás hubiera contribuido –un poco, al menos- al saneamiento de la dañada psicología argentina, pero ha elegido brindar nada más que excusas. Otra vez será.